Cuenca y El Cajas

Posted: December 27, 2015 in Ecuador

This slideshow requires JavaScript.

Josefa Heredia, en 1823, mandó tallar una imagen en honor al niño Jesús, la cual más tarde acabaría en manos de la familia Cordero. Uno de sus descendientes, monseñor Miguel Cordero Crespo, llevó de viaje al Niño para visitar, entre otros lugares, Roma, Tierra Santa, colocarlo en el lugar donde nació Jesús y bautizarlo en el río Jordán.

Cuando Cordero regresó, en el año 1961, fue recibido por Rosa Palomeque, amiga del sacerdote, quien dijo al ver la imagen: “¡Ya llegó el viajero!”. Desde ahí se lo conoce como Niño Viajero. Ese mismo año se celebró su primer pase y fue creciendo hasta convertirse en la Gran Pasada del Niño Viajero.

A nosotros, sin embargo, nadie nos gritó nada al llegar. Ni siquiera, como es típico, desde los restaurantes, desde donde a menudo los empleados gritaban con la intención conseguir clientela. En esta ocasión solo gesticulaban efusivamente, pues ahora tienen prohibido gritar.

Era 23 de diciembre, al día siguiente Nochebuena, y aquí esto se celebra también en familia. Lo podríamos haber hecho así ya que el primer hostal en el que preguntamos pertenecía a una pareja de ancianos que tenían pensado celebrar el día reuniéndose con el resto de su familia en su propio hostal. Pero esta vez nos decantamos por uno más barato y menos familiar, situado al lado de una panadería francesa con excelente repostería.

Temprano, al día siguiente, dos familias descendientes de Rosa Palomeque, la primera de ellas mantenedora del Niño, ya tenían casi todo listo. Ellos se encargarian de alimentar a la población que se acercara a ver El Pase, pues su responsabilidad es repartir chicha y pan a los participantes de forma gratuita.

Ahora nada tiene que ver con la humildad de sus inicios, en las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando Rosa Palomeque le ponía entusiasmo para en diciembre de todos los años tributar al Niño Jesús, haciendo una fiesta de fe y de religiosidad con el desfile de una comparsa en la cual los niños eran los anfitriones. En su origen eran los pequeños los únicos que llevaban atuendos de personajes bíblicos. Las niñas vestían de María, los niños de San José, también habían ángeles, pastores, reyes magos; y todo ese color se matizaba con el brillo de los trajes de cholitas y cholitos, con polleras y pantalones de bayetas. Hoy en día pequeños y mayores se visten de todos estos personajes y portan con orgullo sus vestimentas a través de una muchedumbre que observa desde los laterales soportando el fatigoso calor.

Aguantar ese dichoso calor fue un acto de fe en toda regla, al nivel de la fe de Rosa Palomeque, que cada año solicitaba la imagen del Niño Dios a las religiosas de la Comunidad de Hijas de la Caridad, en el desaparecido Hospital San Vicente de Paúl , hoy Museo de la Historia de la Medicina, para cumplir con su propio acto de fe.

Un buen día, las monjas se lo negaron, ya no le prestaron al Niño. Rosa le contó a monseñor Miguel Cordero lo que pasaba y él dijo: espere, y le prestó un Niño que había sido de sus antepasados, el mismo Niño que luego monseñor llevaría a Israel.

Tan lejos no teníamos la intención de ir, pero si a darnos una larga ducha fría en el hostal y aguardar tranquilos la noche. La contemplación de El Pase durante todo el día bajo un sol abrasador nos había dejado exhaustos. No celebramos nada y nos acostamos bastante pronto. Al día siguiente nos tocaba madrugar. Nuestra intención era salir temprano hacia el parque nacional El Cajas.

Situado a 33 kilómetros de Cuenca, sobre la cordillera de Los Andes, este parque nacional, con más de 2000 cuerpos de agua, fue parte del gran sistema viario Inca. Y esa era nuestra intención, cruzar el parque por esa antigua ruta, la más larga y supuestamente más complicada: El camino del Inca.

No nos pusimos en marcha tan temprano como nos hubiese gustado, pero eso es algo a lo que uno mismo se acostumbra. Cuando llegamos a la entrada del parque nacional, nos registramos. Este fue un proceso de auténtica república bananera. La persona encargada de tal tarea nos preguntó qué camino íbamos a realizar. Nosotros mentimos. Dijimos uno que se hacía en 4 horas, de esta manera nos librábamos de pagar por acampar. Él escribió otra ruta en el registro, que no era ni la que dijimos ni la que teníamos pensado realmente hacer. Recogimos nuestro material de acampada previamente escondido, para que no se intuyesen nuestras intenciones, e iniciamos ruta.

30 minutos después estábamos otra vez en la caseta de la entrada. No habíamos encontrado el inicio de nuestra ruta. Lo preguntamos y volvimos a empezar a caminar. Esta vez sí dimos con ella, pero se nos había echo muy tarde así que decidimos parar para comer unos plátanos. No parecía que iba a ser nuestro mejor día. Todos estaban verdes. Incomestibles. Duros como piedras. Bebimos un poco de agua y continuamos.

El tiempo apremiaba. Eran las 5 de la tarde. Solo quedaba una hora y media para que anocheciera. La neblina ya se dejaba ver cayendo sigilosa desde las cumbres de las montañas que nos rodeaban en dirección a nosotros. Solo esperábamos que llegase un desvío que marcaba el inicio real del Camino del Inca y, por fin, llegamos a él. Allí una pareja de Canadienses pescaba en un laguito a pocos metros de su tienda de campaña. Ellos amablemente nos indicaron el camino y hacia allí nos dirigimos.

El camino, fatal señalizado, ya nos había dado problemas desde el principio, teniendo que retroceder sobre nuestros pasos en varias ocasiones para reencontrarlo. Una hora después de cruzarnos a los canadienses nos sentíamos completamente perdidos. Divisábamos una carretera a lo lejos y varias casas. Eso no debía estar allí pues se suponía que eso lo veríamos solo después de haber caminado durante 12 horas. Nosotros solo habíamos caminado una. Revisando los mapas ya casi en penumbra llegamos a la conclusión de que los canadienses nos indicaron el camino en dirección contraria.

A punto estuvimos de tirar la toalla y acercarnos al pueblo para terminar la aventura, sin embargo decidimos retroceder hasta el desvío de los canadienses y acampar allí. Ahora era todo subida. Los más de 3000 msnm se notan al hacer grandes esfuerzos. No teníamos agua y debíamos casi correr para que no cayese completamente la noche. Media hora más tarde, después de una tremenda fatiga, llegamos al desvío. Ya a oscuras instalamos la tienda e intentamos entrar en calor. La temperatura rondaba los 3 grados. La manera en la que disfrutamos la sopa de fideos que llevábamos ya preparada en uno de los termos solo es comparable a la mejor comida de Navidad.

A la mañana siguiente levantamos campamento y comenzamos a caminar con la primera luz del día. No tardamos en percatarnos que sería imposible hacer el Camino del Inca completo sin necesitar otro día. Cambiamos de planes. Tras unos 15 kilómetros tomaríamos un desvío que nos llevaría al valle de Burines, de dificultad alta ya que es puro ascenso, llegando a cotas por encima de los 4000 msnm. Si ya era fácil perderse en otras rutas imaginad una ruta señalizada con el mismo color verdoso de la vegetación. Varias veces tuvimos que retroceder para encontrar de nuevo el camino.

Definitivamente no es un parque nacional para principiantes. Sino, que se lo cuenten a ese turista alemán que, como tantos otros, una semana después de estar nosotros allí tuvo que ser socorrido por las fuerzas de rescate después de 12 horas de estar perdido. Por suerte, aunque deshidratado y con síntomas de hipotermia, todo acabó la madrugada del 3 de enero de manera exitosa. Para entonces nosotros ya ni siquiera estábamos allí.

 

 

Advertisements

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s