El infortunio

Posted: June 1, 2015 in Perú

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Teníamos decidido ya desde antes que al no disponer de demasiado tiempo para realizar todo este viaje desde Argentina, íbamos a subir rapidito por Chile para poder dedicar más tiempo a ver Bolivia y Perú. Nuestra experiencia en Bolivia llegaba a su fin con la sensación de que a este maravilloso lugar tendríamos que volver con más calma, y empezaba nuestro momento en Perú. La fecha límite para entrar a Canadá según nuestro visado llegaba en dos semanas. Cansados de tantos viajes en autobús queríamos pasar nuestras dos semanas restantes sin estrés, así que decidimos ceñirnos solo a ver Cuzco y sus alrededores.

Subimos al autobús que desde el lago Titicaca, en su parte boliviana (Copacabana), nos llevaría hasta Cuzco. Diez horas de autobús, toda una noche. Un autobús que solo realizaba una parada en Puno.

Este será un punto de inflexión en nuestro viaje, podríamos decir que a partir de este instante comienza nuestra racha de mala suerte. Yo no creo en ella pero sí que sé que de todas las experiencias que yo recuerde, ésta sería el mejor argumento para convencerme de lo contrario.

 

Capítulo 1 – Avaricia en compañías de autobuses

Son las tres de la madrugada cuando Gisela me despierta exaltada por que no encuentra una bolsa. Yo adormecido también empiezo a buscarla. Hasta aquí nada extraño porque este tipo de sustos cuando viajas se producen muy habitualmente, pero al final siempre se encuentra en algún lugar. Esta vez parece diferente. La bolsa, que se encontraba demasiado a mano de la puerta de salida del autobús, contenía la cámara de fotos y nuestros pasaportes. Todo ello muy cotizado por estos lares.

Sin caer en la desesperanza, aunque ya bastante asustados, hablamos con el conductor para investigar si ha visto algo o si ha habido alguna parada imprevista. Su respuesta es negativa en ambos casos. Revisamos todo el autobús, varias veces, cada esquina, cada persona, de arriba abajo, algunas personas se despiertan, les contamos lo sucedido, les invitamos a moverse, lo hacen, pero nada.

Mientras estamos hablando sobre cómo proceder vemos como el autobús, en medio de la nada, se dispone a realizar una parada, y cómo varios pasajeros se disponen a bajar. Sin perder un segundo bajamos a comentar la jugada con el conductor, el cual con no tan buena cara les hace abrir sus bolsas a esos pasajeros para registrárselas. Pero nada.

No hemos de pasar por alto que la tensión crece desde el mismo momento en el que nos damos cuenta de que el conductor en su primera respuesta nos mintió. Pues después de esa primera parada no oficial de la que fuimos testigos, continuó haciéndolas cada 5 o 10 minutos.

Damos el siguiente paso cuando el autobús llega a su destino, en Cuzco: decidimos hacer saber a todos los pasajeros lo sucedido y, a regañadientes por el apuro, les invitamos a colaborar con nosotros mostrándonos todas sus pertenencias. Todos y cada uno de los pasajeros nos enseña sus bolsas muy amablemente. Pero de nuevo nada.

Nuestra bolsa no está y por tanto, tampoco la cámara y lo que es más importante… tampoco los pasaportes. Empiezan a temblarnos las piernas. A partir de aquí ese mal fario que mencionaba empieza a contagiarse y expandirse, comienza a crear un mal karma que infectará al sistema mismo, principalmente a organismos policiales, institucionales y burocráticos.

Capítulo 2 – Pereza

 La estación de Autobuses de Cuzco

Son las 5 de la madrugada. El sol comienza a salir pero todavía con una luz tenue entramos en el edificio que da cabida a la estación de autobuses. Un barullo adormecido todavía es la banda sonora de esta estación. Gente que espera y otra que se va. Sentados en el suelo, tumbados en los bancos. Maletas por todas partes. Nosotros esta vez no tenemos tiempo de disfrutar y directamente nos dirigimos hacia la oficina de policía. Sin cartel que indique que aquello se trata de una oficina de policía, un cristal de escaparate forrado de viejos periódicos que dejan entrever un interior oscuro es lo que nos separa de la salvación, pues allí mismo esta ley.

Una vez rompemos nuestros prejuicios iniciales ante su deplorable aspecto y refugiándonos en aquello de que lo importante está en el interior, tocamos la puerta. Volvemos a tocar la puerta. Asomamos la cabeza. Saludamos en voz alta con la cabeza bien metida. Lo volvemos a hacer. Así durante un rato hasta que la puerta de repente se entreabre. Una voz somnolienta nos indica que para solucionar nuestra situación debemos acudir a la policía de turismo, que está en el centro de la ciudad, que ellos (la policía nacional) no pueden hacer nada.

En este momento estábamos sin dinero. Acabábamos de entrar a un nuevo país y la verdad es que al principio de viajar sí nos preocupábamos por tener algo de dinero del siguiente país pero a medida que esto se convierte en rutina te conviertes también en menos previsor, pues sabes que de una manera u otra siempre se solventa. En definitiva que sin dinero hasta allí no podíamos llegar. Después de 3 horas el jefe de la estación nos indica que vayamos a hablar con otro policía nacional que se encuentra en el exterior dirigiendo el tráfico.

Fuera hace frio, y está medio lloviendo. Hay coches, autobuses y motos por todas partes, y eso que solo está despertando la ciudad. Entre toda esta maraña de gente y vehículos consigo divisar al policía, el cual, para mi sorpresa, accedió rápidamente a ayudarnos. Nos dirigimos a su despacho calentito y le pide un café a su compañero, el mismo que con voz somnolienta nos había despedido desde ese lúgubre habitáculo. Tras tomarnos declaración y tras nuestra insistencia, llama a la policía de turismo que nos viene a recoger para llevarnos hasta el centro.

No sería sensato acabar este apartado en la estación de autobuses sin mencionar que durante estas cuatro horas ocurren varias cosas indignantes, como que cuando me marcho a Gisela la tratan de manera absolutamente machista, como que la declaración está mal redactada y se niegan a corregirla argumentando que luego lo hará la policía turística. Y por último, por si cabía alguna duda, decir que si este policía rápidamente se hubo lanzado a ayudarnos, únicamente fue porque eso suponía dejar la fría calle para poder ir a su caliente despacho.

La Policía de Turismo de Cuzco

Llegamos a la oficina central de la policía de turismo montados en una de sus unidades motorizadas. Allí nos explican que ellos lo único que pueden hacer es transcribir lo redactado en la policía nacional y tramitar la denuncia. Es decir, nos cuentan que ellos no pueden modificar nada, que eso lo debería haber hecho la policía nacional. Les explicamos que en la policía nacional nos dijeron lo contrario, que llamen y lo comprueben. Sus maneras cambian. La forma de dirigirse a nosotros también. De hecho, tras una transcripción irritante en cuanto al ritmo, y desesperante en cuanto al nivel, pues rozaba el analfabetismo y Gisela tuvo que irlo pautando a cada palabra, llega el momento en el que el policía que estaba encargándose de nuestro caso decide que ha llegado la hora de marcharse a comer. Nuestra cara de asombro lleva a nuestras cejas a la altura del techo. Nos vemos obligados a deambular por la comisaria intentando encontrar a algún superior que ponga un poco de cordura a todo esto. Con cajas destempladas nos despachan la mayoría hasta que por fin uno de ellos hace llamar a nuestro hambriento policía para que vuelva al despacho y termine su trabajo tomándonos declaración.

Parecía que lo habíamos logrado. Ya solo necesitábamos la copia de la denuncia para terminar con este desagradable trámite. Pero no.  Eso no es tan fácil. Ellos no tramitan la denuncia y ni siquiera te dan una copia si no vas a pagar el correspondiente importe al Banco de la Nación, situado a un par de kilómetros de allí. Cargados hasta los topes como íbamos, sin haber desayunado y sin dinero. Realizando un acto de fe dejamos las maletas en el despacho de la policía y fuimos hasta allí para por fin finalizar esta etapa.

Hay que decir que todo esto que cuento aquí en un par de párrafos demoró unas 3 horas de infatigable lucha con los agentes y que nos llevó para colmo a poder cambiar solo un parte de la declaración. La otra parte se negaron a cambiarla.

Búsqueda de Alojamiento y Soluciones (Consulado español en Cuzco)

Son ya las 11 de la mañana y por fin aprovechamos para sacar algo de dinero y desayunar deprisa y corriendo. Necesitamos encontrar alojamiento, pues como decía, todavía vamos cargados con las mochilas. En la calle paramos al primer taxi que vemos y vamos en busca de algún hostal. Tampoco tenemos suerte. Cuzco es muy turística y muchos de los hostales están ocupados. Y los que no, ofrecen sus habitaciones, la mayoría nada del otro mundo, a precios desorbitados.

Después de recorrer durante una hora toda la ciudad con el taxista, muy majo por cierto, damos con un hostal bastante céntrico y bastante escondido que resulta lo suficientemente económico para nuestros ya mermados bolsillos.

Sin reposar, porque no podemos, nos dirigimos hacia el Centro de Migración. Allí nos indican que el lugar al que tenemos que ir es el consulado español. Cuando llegamos el cónsul no está. Llega a la tarde.

Mientras esperamos visionamos nuestro primer oasis después de 12 horas, la comida. En el primer sitio que encontramos, nada del otro mundo, comemos un ceviche espectacular, aunque por los nervios de la situación no nos sienta del todo bien.

Cuando llega el cónsul allí estamos. Muy amablemente nos atiende, pero su labor básicamente consiste en llamar a la embajada española y pasarnos el teléfono.

Lo que descubrimos tras la conversación telefónica es que tendremos que salir de Cuzco cuanto antes e ir a la embajada española, situada en Lima.

Y lo que hasta ahora no hemos contado es que ya teníamos para al cabo de dos semanas un vuelo de Cuzco a Lima que los padres de  Gisela nos habían regalado con la intención de que pudiéramos hacer nuestro último trayecto de un modo más cómodo que en un autobús, y que en principio nos iba a haber permitido estar aún más tranquilos en Cuzco. Esta vez nos salió un poco mejor la jugada, y pudimos cambiar el vuelo sin problemas para llegar a la capital cuanto antes. De las casi dos semanas de vacaciones relajadas pensadas en un principio para Cuzco pasamos a tener solamente un día para ”disfrutar”. Un sábado en el que aprovecharíamos para ir a un buen restaurante donde deleitarnos con los exquisitos sabores de la comida peruana. Al día siguiente casi de madrugada saldría nuestro vuelo hacia Lima.

Capítulo 3 – Lima

Llegamos a Lima. Una gran ciudad. Llana en su mayor parte. Con grandes diferencias en sus barrios, tanto a nivel económico como social. Varios mundos dentro de uno mismo. Pero mejor explicar esta parte en otra ocasión. Cuando volvamos por aquí. Cuando la hayamos disfrutado.

Allí encontramos un alojamiento cerca de la embajada española y de la canadiense, en el barrio Miraflores. No fue tarea fácil pues las distancias son largas y los precios nada baratos, y mucho menos en dicho barrio. Una burbuja de alto poder adquisitivo.

Encontrar este lugar nos demoró toda la mañana y parte de la tarde. Eso sí, por suerte, o no, teníamos la mochila en otro hostal al que habíamos caído nada más llegar a este barrio y del cual nos iríamos al enterarnos de que se trataba de uno de estos lugares donde los chavales vienen de juerga, más que a dormir a socializar, a beber y a aparearse.

Como ya sabéis este tipo de danza de apareamiento puede durar hasta bien entrada la noche o bien salida la mañana. Nosotros no estábamos para esas lides así que por suerte, o aprovechando el hecho de que nuestras maletas se encontraban aun en recepción esperando la marcha de los actuales huéspedes, decidimos aprovechar este tiempo para buscar otras opciones. Así recalamos en otro lindo pero carísimo hostal, única y exclusivamente para, cada noche al llegar, caer rendidos en la cama.

 

Embajada Canadiense

Decidimos que no podíamos hacer andando todo lo que la situación requería, así que, en profunda contradicción con nuestros valores “viajísticos”, llegado ese momento haríamos todos los movimientos, que no fueron pocos, en un medio de transporte llamado taxi.

Empieza un nuevo día. Comienza la maratón. A las 8 de la mañana lo primero que hacemos es ir a la embajada canadiense para ver si existe la posibilidad de ampliar el plazo de entrada al país. Tras dos horas de espera la respuesta es que no pueden hacer nada. Que tendríamos que volver a presentarnos al año siguiente para volver a recibir este visado.

Nuestra indignación es indescriptible. Después de la larga espera, recibir una respuesta como ésta te saca de quicio. La primera regla de este tipo de visado es que solo puedes presentarte una vez en la vida y por tanto esa respuesta no nos sirve.

Manteniendo la compostura se lo explicamos al funcionario canadiense y volvemos a esperar un buen rato hasta la siguiente respuesta, la cual se limita a decir que como Canadá no ofrece este tipo de visado a Perú ellos no pueden resolver esta situación desde allí, que tendríamos que ir a la embajada canadiense en España.

Un día en Soberbia (Embajada española en Lima)

Rápidamente nos dirigimos a la embajada española, ya casi fuera del horario de atención a la ciudadanía, para exponer nuestra situación.  Una ventanilla con funcionarios españoles nos espera. – ¡Siguiente por favor! -. Nos comunican que, debido al aumento de terrorismo internacional, desde hace un mes ya no hacen pasaportes provisionales y que si esperamos a recibir el pasaporte normal éste no llegará hasta al cabo de aproximadamente dos meses. En una situación normal no nos hubiese importado tanto esperar, pero nuestra situación no era ordinaria. En diez días teníamos un vuelo con destino a Canadá y en 12 días la validez de mi visado canadiense para entrar al país expiraba. Nada. No se puede hacer nada. No se contemplan excepciones. No les interesa. Su protocolo es ése y de ahí no se mueven. Ni siquiera te permiten hablar con alguien por encima de ese funcionariado de ventanilla.

Visto todo lo ocurrido hasta el momento nuestra única solución es sacar un salvoconducto hacia España, cancelar los billetes ya comprados hacia Canadá, comprar otros para España y volver a comprar otros que vayan desde España a Canadá. Solo nos queda una semana para hacer todo y llegar a tiempo a dicho país.

Recogemos nuestros salvoconductos en la embajada dos horas más tarde y cuando volvemos al hostal aparece de repente de nuevo “nuestra mala suerte”, pues nos damos cuenta de que nuestros nombres y dirección están mal transcritos. Tendremos que volver a la embajada y esperar otro día hasta volver a obtenerlos. ¡Una oda a la  profesionalidad! Solo se trataba de transcribir dos nombres y dos direcciones… El tiempo corre.

Nuestra sensación,  para ser concretos y claros, era que a cada paso que dábamos una mierda pisábamos. Nuestra esperanza era probabilística, no podía haber tanto excremento en tantos lugares, personas, organismos y empresas. Nuestra suertecita tenía que estar al caer, pues pisar mierda otorga buena suerte. O eso dicen.

Capítulo 4 – Nuestra ira

Derroche de tiempo y dinero

Sin tiempo para digerir esta sensación de optimismo irracional, nuestro desayuno, en este nuevo y maravilloso día, está compuesto por plato principal y postre: un seguro de viaje que nos indica que la denuncia por el robo de la cámara está mal redactada y la noticia de que el vuelo de Lima a Canadá no se puede cambiar, solo cancelar y por tanto perder parte del importe del carísimo billete. Sin remedio nos bajamos con el postre los pantalones y cancelamos.

El plato principal es algo más complejo: volvemos a acudir a la policía de turismo, esta vez aquí en Lima, para intentar modificar esa declaración que por la desidia del policía nacional de Cuzco no se corrigió. Sí, el mismo que dijo que ya lo haría la policía de turismo. Y la aventura comienza desde pronto, incluso antes de llegar, ya que, aunque parezca increíble, no hay información de la localización de la policía de turismo en Lima, o mejor dicho, toda la que hay está desactualizada. Buscamos en internet, preguntamos a la gente, y para colmo preguntamos incluso a unidades de calle de la policía municipal y en la propia comisaria de la policía nacional. Todo un día intentándolo, dando vueltas por Lima para nada.

No puedo pasar estos sucesos tan rápido pues la guinda del pastel la pone la policía de turismo. Cuando finalmente llegamos allí, un policía nos atiende muy amablemente. Le explicamos lo sucedido. Que nos robaron, que la policía nacional en Cuzco nos dijo que nos pasaba nada por que estuviese mal redactada a que la policía de turismo lo haría, que ésta no lo hizo, etc. Un buen rato de revuelo en la comisaría. Viene uno, se sienta, habla con nosotros y se marcha. Así un agente tras otro hasta que por fin llega uno que dice que sí se puede hacer. Que nos puede cambiar la declaración porque le parece bastante confiable lo que le decimos y de paso aprovecha para quejarse de la profesionalidad de la policía peruana, a la cual pertenece.

El hombre, vestido informal, nos invita a salir fuera de la comisaría. Justo a la entrada del edificio enfrente de la calle principal. Entonces, una vez allí, nos explica que tiene un amigo en otra comisaría que si nos la cambia. Emocionados accedemos y preguntamos por la dirección donde localizarle. Él no la sabe por lo que decide llamar directamente a su compañero y amigo. Tras un rato de conversación a tres bandas, nosotros, la persona al otro lado del teléfono y el agente haciendo de interlocutor, llega ese momento en el que las orejas del lobo se asoman para nosotros. Bueno, es un decir, la verdad es que eso fue directamente un mordisco. O una mordida, como dirían en México. Y pasó que el agente dijo: — Bueno me dice mi compañero que si él os cambia la declaración vosotros ganaréis gracias al seguro, y me comenta que aquí podemos ganar todos –.

No creo que haga falta añadir que lo mandamos a freír espárragos. La verdad que el nivel de desquicie ese día fue monumental. Incluso añado que lo volvimos a intentar otra vez en otra comisaría cambiando la forma y acabamos saliendo a gritos de la comisaria, peleados con todos los policías allí presentes a niveles peligrosos para esa fina cuerda floja que sostiene la tensión.

Solo queda una semana para que nuestro visado caduque y todavía tenemos que encontrar vuelos que se ajusten a nuestra debilitada economía. La verdad es que llegamos a pensar que aquí, justo en este punto, se terminaban nuestras andanzas. La sensación era de querer estar en casa, con nuestra gente, familia, amigos, protegidos, en la zona de confort, donde ya sabes qué cosas funcionan y cuáles no. Eso mismo de lo que nos quejamos a veces y que se vuelve luz en los momentos jodidos.

Como somos muy cabezones no cejamos en el empeño y conseguimos encontrar unos vuelos que nos llevarían a Barcelona al cabo de dos días y otro de Barcelona a Canadá que saldría en cinco.

Dulce hogar

Ir de la mano ha sido el motor de nuestra fuerza cuando todo soplaba en nuestra contra, cuando no encontrábamos más que muros de apatía infranqueables y todas, todas, todas las puertas cerradas. Una familia en la otra punta del océano exprimiendo todas sus posibilidades. ¡Qué fortuna tan grande! Y sus brazos abiertos para hacernos sentir en casa como nunca antes. O como siempre… Y que el dejarnos envolver por el cariño fluya tanto porque, hasta allí, solo nos habíamos venido sintiendo vulnerables. Unas buenas dosis de mimos, la comida más exquisita degustada en pijama, unas risas, unos regaños… y volver a ponerse las mochilas en la espalda.

Cuesta irse. Cada vez más. Porque cuanto más te alejas más te das cuenta de cuánto vale lo que tienes. Quizás fue esa renombrada suerte, la que nos permitió apreciar la incesante luz brillando en el horizonte, esa que nos empuja con fuerza a, una y otra vez, volver a caminar.

Y así termina esta odisea. Un vuelo que nos lleva más rápido de lo que en pleno siglo tecnológico nos puede llevar la burocracia española. Un pasaporte nuevo listo el mismo día que llegamos a Barcelona. Un par de días en compañía de familia y amigos. Y un vuelo de Barcelona a Canadá que llega a su destino sin más complicaciones. Por suerte.

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