Bioconstruyendo

Posted: November 21, 2014 in Argentina, Uncategorized

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Tres meses han pasado ya. Llegamos a La Patagonia recién empezada la primavera y nos vamos habiendo probado el calor del verano de estas hermosas tierras. Tierras donde se mueve algo diferente, donde el paradigma del nuevo mundo, de las nuevas formas de expresión, de hacer y, por ende, de vivir se palpan en cada rincón. Nosotros tuvimos la oportunidad de trabajar construyendo una casa de barro para una linda familia de cinco miembros: Marcelo, Malena y sus tres hijos.
Vinimos hasta aquí a mesa puesta, ya que habíamos contactado antes de partir con la empresa (EcoHacer), con la que trabajaríamos durante toda nuestra estancia. Nuestro acuerdo inicial fue realizar unas prácticas (pasantía) pagadas durante dos meses. Un trato donde ellos ganan porque somos mano de obra muy barata (entre 3 y 5 veces más barata en relación al salario de un obrero cualificado) y nosotros ganamos muchísimo en aprendizaje. La verdad es que además del aprendizaje nosotros pudimos vivir estos dos meses con ese pequeño salario, gracias también a que el lugar donde nos alojamos, Millalen, es muy barato. Pero de esto hablaremos en otro post.

La cabeza más visible de Ecohacer para un pasante recién llegado pertenece a Marco, arquitecto portugués. Esto no es cierto literalmente porque siempre está cubierta por una txapela, con un estilo mezcla de vasco, gaucho y portugués.

Cuando llegamos a Bariloche agarramos un colectivo que nos llevó hasta un punto donde nos esperaba Marco. Subimos a su camioneta, donde descubrió que no éramos colombianos, como él creía, a pesar de haber estado intercambiando una cantidad considerable de emails, y tras una larga conversación en ruta llegamos a Golondrinas, concretamente a la obra donde íbamos a trabajar. En ese mismo momento conocimos a los dueños y comprobamos como nuestra idea inicial, conformada por la propuesta de Marco de pasar nuestra pasantía allí, se desvanecía dadas las condiciones poco prácticas de su ubicación y adversas en lo que se refiere a lo climatológico. Ahí mismo conocimos también a otro integrante de la dirección de la empresa, Joaquín. Un tipo local dedicado en EcoHacer a la administración económica y al suministro de materiales, pero que en su vida también está pendiente de otras mil tareas: bombero, guarda-pesca, alquilar la cabaña que él mismo había construido en barro, atender a su familia, etc. y por tanto se reparte el tiempo como bien puede.

El espectacular enclave se localiza en las faldas de la montaña más representativa de la zona, el Piltriquitrón, todavía nevado casi hasta nuestra altitud, y con vistas a un precioso verde valle. Enseguida supimos a qué se debía el verdor. No tardó mucho en comenzar a diluviar. Hablar del inicio de la primavera en estas latitudes es hablar de un clima extremadamente cambiante, la amplitud térmica es enorme y las precipitaciones son constantes. Sumado esto al viento que ese viernes soplaba decidimos montarnos de nuevo en la furgoneta de Marco y contemplar otras opciones. Antes tuvieron un buen gesto que aún seguimos agradeciendo, que consistió en adelantarnos dinero para realizar alguna compra.

Por fin llegamos a El Hoyo. Situado en ese verde valle que se puede observar desde Golondrinas. Marco nos recomendó que fuésemos a un minisupermercado por ser barato mientras él se reunía con Joaquín. Sería la última vez en toda nuestra estancia que entraríamos en esa tienda. De barato tenía lo que el clima de soleado en ese momento. Nuestra alternativa fue Millalen, donde además se alojan algunos de los que serían nuestros futuros compañeros, Gonzalo, Jorge y Santiago. Tres mundos muy distintos con intenciones similares: aportar al mundo una nueva forma de vivir y vivirla. Nosotros estamos en las mismas. Se dice fácil y rápido, y se lleva a cabo de la misma manera que Joaquín reparte su tiempo, como buenamente se puede. Jorge y Gon viven en una casa al otro lado del riachuelo que cruza la chacra de Millalen. En una de las habitaciones de lo que se convertiría en nuestra casa vive Santi.

Nuestro primer fin de semana de adaptación al entorno se tornó en clausura absoluta, provocada por una incesante lluvia. Y con estas comenzó nuestro primer día de “laburo”.

Jorge y Gon fueron nuestros primeros compañeros. Solo los cuatro ante una casa de 110m2, con un salón/cocina central de forma octogonal y con las habitaciones dispuestas en torno a este octógono. Aunque en México trabajamos construyendo con barro, esto era todo un desafío para nosotros, por su forma y magnitud. Para que os hagáis una idea, la altura desde el centro del octógono al techo es de 5 metros aproximadamente.

Nuestro primer objetivo será levantar ladrillo a ladrillo las paredes que faltan. La estructura y algunas de las paredes, la mayoría, ya estaban levantadas. Los ladrillos de adobe se compran así que solo toca hacer mezcla para pegarlos a medida que se fija cada hilera de la pared. A nosotros, en nuestra situación de pasantes nos toca empezar haciendo mezcla. Pasaríamos así unos días, hasta que Gisela tomó una postura kamikaze y se decidió a levantar su primera pared.

Nuestra jornada laboral consiste en un buen madrugón, 6:45am, preparar el desayuno, a veces ducharse e incluso hacer la comida si el día anterior no fuimos previsores y salir rápidamente hacia el auto correspondiente, el de Santi normalmente o en su defecto las camioneta de Marco. Cuando llegamos a obra lo primero que hacemos es sacar la herramientas del obrador y comprobar si nos llega corriente eléctrica, la cual depende del vecino que, por lo general, se despierta algo más tarde. Encendemos el generador, o grupo electrógeno en argentino, y nos ponemos manos a la obra.

El ritmo de obra es fuerte. Hay que estar en forma física y mentalmente. El tiempo para pensar la estrategia diaria es escaso. La comunicación inconcreta. Y las órdenes contradictorias. Factores que unidos al cansancio general pero también a nuestro fuerte carácter hicieron que no tardasen en saltar las chispas. Una cosa he de comentar porque desde el inicio me resultó llamativa, quizás por mi experiencia con Kalian. Continuamente me venía a la mente la palabra oxímoron, y es que en un sistema que se presenta como horizontal hay una cúpula que tiene la última palabra sobre todo. Una evidente contradicción en sí misma. Pero sin querer hurgar en ello, pues todo se habló cara a cara y quedará como un lance más de la experiencia en obra de la que todos, espero, aprendimos, he de decir que cuando uno está aprendiendo no hay nada más ilustrativo que un error. También, por si cabe alguna duda, me refiero a los propios, que no fueron pocos.

La siguiente semana se nos uniría Santi, quién nada más llegar se comería una discusión absurda entre nosotros y que supo atajar de sabia manera. Más tarde lo recordaríamos con él entre risas. Esa misma semana también conoceríamos a Fede, una persona maravillosa que dedica su vida a construir en barro y a hacer reír a la gente, es payaso. O haciendo un batiburrillo de ambas dedicaciones podríamos decir que es un constructor de sonrisas. Y es que es cierto que es importante la eficacia y la rentabilidad cuando uno trabaja para una empresa, pero consideramos de vital importancia una persona con este perfil cuando esa empresa se compone de grupos de personas. Quizás su rendimiento no sea óptimo pero quizás su actitud afecte positivamente en el rendimiento del colectivo. La verdad es que nos hizo reír a todos y fueron días duros de trabajo pero también días de un buen rollo inmejorado.

Al terminar de levantar todas las paredes comenzamos haciendo cob para rellenar las zonas donde dichas paredes se juntan con el techo. Otro tipo de mezcla, que se compone, al igual que la mayoría, de arcilla, arena y paja pero con otras proporciones y con menos agua. Las mezclas siempre se hacen con una hormigonera, algo que ahorra mucho tiempo. ¡Esta vez no tendremos que pisarla!. La arcilla se diluye en agua con la ayuda de un taladro adaptado, formando “barbotina”, la paja se corta al tamaño adecuado con machete y la arena se tamiza si es necesario.

Pasan los días y el material escasea, el ritmo disminuye y los ánimos de manera proporcional también decrecen. Como ya mencioné Ecohacer está empezando y por tanto aprendiendo, y nosotros lo hacemos con ellos, disfrutándolo y sufriéndolo a partes parecidas. Mientras tanto dedicamos el tiempo a hacer una zanja alrededor de la casa para que corra el agua por ella y no se filtre a través del suelo, a hacer un muro de contención con piedras para que no se mueva la tierra y pueda llegar a causar daños, y a amurar algunos de los marcos de puertas y ventanas que habían llegado.

Otra cosa que también hicimos fue bovedillas, que se situarán en el techo de una de las habitaciones, la biblioteca. Un auténtico quebradero de cabeza, y no solo de cabeza, ellas mismas se rompían en mil pedazos debido a los cambios de temperatura bruscos, a la arena o a algún otro detalle que se nos escapaba. Las bovedillas son una estructura en forma de cilindro, pero solo son una sección longitudinal de este y están compuestas por dos finas capas de cemento entre las que se coloca una malla de media sombra. Aunque moralmente fue difícil finalmente logramos hacer todas las necesarias.

Cuando el material por fin llega comenzamos a revocar. Primero empezamos experimentando con una técnica llamada “grueso- fino” con la que se hubiese ahorrado mucho tiempo si las paredes se hubiesen hecho más prolijas (este tipo de revoque no debe pasar de 2 centímetros), pero no era el caso, las paredes no eran lo suficientemente regulares para conseguir un revoque de estas características. La ventaja principal es que después del grueso- fino ya solo quedaría la pintura. Lo intentamos y no resultó, así que lo que después tocó fue hacerlo de la manera tradicional, primero un revoque grueso y luego un fino.

Al de unos días de comenzar cayeron dos pasantes más, Pablo y Rosario. Una pareja de guarda-parques argentina recién casada con el único propósito de conseguir que les juntasen en un parque y poder ejercer su trabajo. Y en esas estaban, pero mientras tanto decidieron acompañarnos en esta aventura. Gracias a su ayuda terminamos con la prontitud de tres semanas el revoque grueso y comenzamos con la pata de elefante (una estructura de piedras unidas entre ellas por cemento que cumplen la función de proteger las partes bajas cuando llueve de las salpicaduras de agua de los aleros y desagües de las canaletas del tejado). A estas últimas tareas también nos ayudó Maria, la portuguesa, otra pasante que aun conociendo sus limitaciones físicas decidió meterse de lleno en la obra.

Llegamos al término de nuestra pasantía, se cumplían los dos meses y ya tocaba moverse, pero las ganas de aprender más y de ayudar a Gonzalo a terminar la casa no nos lo permitieron, así que dejamos de ser pasantes y pasamos a convertirnos en trabajadores.

Se acerca la navidad.  Ya llevamos más de dos meses, no exentos de problemas en la convivencia y en el trabajo. Situaciones bien unidas debido a que vivíamos todos juntos. Estos problemas desembocaron en la marcha de Pablo y Rosario. Tampoco Fede volvería debido a otras razones y Jorge se dedicó a proyectar hasta que empezó a trabajar en otra obra. Pero lo que si fue una realidad es que volvíamos a estar los de siempre. Nosotros dos y Gonzalo.

Pasada la navidad llegaron dos pasantes nuevos, Laura y Nico, una pareja encantadora que resultó un soplo de aire fresco, pero que solo pasarían entre nosotros una semana, parte de la cual convivieron con todos en Millalen. Lugar donde también habían llegado unos días antes, casi como si de un regalo de los reyes magos se tratase, Julia, que pertenece a la dirección de EcoHacer, su pareja Martín, y su “italianisimo” compañero de trabajo Ricardo. Fue un placer compartir el espacio común en convivencia con ellos, pues nos entendimos a las mil maravillas y desde el punto de vista de unos recién incorporados al equipo de EcoHacer, Julia fue un rayo de esperanza en lo que se refiere a la  seriedad y organización que una empresa requiere. Como dice el refrán “el que mucho abarca poco aprieta”, y es que si uno investiga, imparte talleres, proyecta o trabaja en obra cada día es imposible que también dedique el tiempo suficiente a otra tarea. Bastante tiempo requieren esas pocas mencionadas que la empresa desempeña.

Los últimos días en obra los pasamos haciendo los dos tipos de suelos de los que consta la casa, entablonado y cerámico. Para ambos tipos lo primero que se hace es rellenar de ripio el habitáculo y luego apisonarlo. Los que llevarán cerámicos se componen previamente de una mezcla de cemento, arena y serrín, y el de madera llevará unas tiras de madera sujetas por bloques de cemento sobre las que se dispondrá el entablonado. Para ambos pisos después del ripio se pone una capa aislante de nylon para evitar filtraciones de agua. Para estas tareas recibimos otro pasante, también llamado Santi, con el que congeniamos muy bien.

Y estas serían nuestras últimas tareas. Para acabar, el último día Marco impartió un taller de revoque fino que contó además con una parte práctica sobre la casa que construíamos. Solo quedaba despedirnos de la familia y decir adiós a la obra. A la que le faltaba el techo vivo, algunas ventanas, el revoque fino y terminar los pisos. El entablonado llevará mi dibujo, y Gonzalo se acordará un rato de él, por lo menos hasta que se termine, ya que lo compliqué un poco, pero mejora en lo estructural y en lo visual a lo previsto inicialmente.

No sabemos cuál será la imagen que se creará la persona que lea esto en su cabeza sobre lo que fue la experiencia. Desde nuestro punto de vista podemos decir que es interesantísima. Que nos quedamos más tiempo de lo previsto. Que ha habido cosas que no nos han gustado pero otras nos han encantado. Y es que así es la vida. Creemos que ese es el camino, y esta gente que nos acogió, nos enseñó y compartió con nosotros está en él, y desde hace más tiempo que nosotros. Por eso creemos que su desempeño merece todo el respeto.

Tiempo antes de llegar nosotros a El Hoyo, había comenzado con la empresa y varios voluntarios y profesionales (Natalia y Demián) un proyecto de vivienda social. Todas estas personas se reunían cada jueves y, en un ejemplo de trabajo colectivo, sacaron adelante la casita granate que podéis ver en las fotografías. Nosotros nos apuntamos al carro siempre que nuestras energías post-obra nos lo permitieron, experiencia que sirvió para ampliar nuestro humilde círculo social y enriqueció aún más nuestro aprendizaje y conocimientos en bioconstrucción.

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Comments
  1. Roser says:

    Es super interessant! Esperem poder trobar un moment en algun lloc del mon pq ens pugueu explicar aquesta experiencia de construccio en tots els sentits (personal, fisica, mental, arqitectonica…), tant i tant extraordinaria! Una abrac,ada ben forta i que no pari l’aventura de viure !

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