Ometepe

Posted: April 28, 2014 in Nicaragua

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Ometepe es la isla más grande del mundo situada en un lago. Su singularidad no termina ahí, ya que como su propio nombre indica (lengua náhuatl) está formada por dos conos volcánicos, Concepción y Maderas.

Nuestra llegada a San José del Sur, una de las poblaciones con puerto de la isla, coincidió con el clímax  de la Semana Santa. Tras salir del ferry todo el mundo subió a los taxis que allí estaban esperando para dirigirse a sus hostales o poblaciones más turísticas de la isla, excepto dos personas. No hará falta que les señale, se lo pueden imaginar. Normalmente esta forma de hacer es práctica ya que uno, tras andar un rato y conversar con la gente local, consigue encontrar un transporte que realiza la misma ruta bastante más barato, pero ésta no iba a ser una de esas veces. Y no porque no existiera dicho autobús, que sí existía, sino porque era el maldito Jueves Santo.

Aún así, dado que la información que nos proporcionaban los lugareños no era demasiado fiable, deducido ésto de lo dubitativo de sus explicaciones, decidimos comer en un lugar tradicional del pueblo y esperar al supuesto autobús que cada día pasa a una hora no determinada de la tarde. Cuando cayó la noche desistimos en el intento, por lo que decidimos quedarnos a dormir en un hostal cercano muy familiar, tanto, que creemos que casi todas las habitaciones estaban ocupadas por parientes de los dueños. Aquí pasaríamos las siguientes tres noches, hasta el domingo, día en que era más probable que pasase alguna buseta.

En San José del Sur no hay mucho que hacer, ni siquiera es suficientemente grande para adquirir el término de pueblo, pero es lindo pasear y conversar con los lugareños. En cuatro días todo el pueblo te conoce. Para que se hagan una idea, San José es un lugar donde la gente va a comprar el pan y el periódico montada a caballo. Lugares para ver tampoco hay muchos. Pero uno puede ir a dar una vuelta hasta la playa, tomar un batido en un txiringuito costero, ver como los chavalos ebrios intentan domar un joven y escuálido caballo, ver a los pescadores trabajando en lo suyo y comprarles algo de pescado si tuvieron suerte ese día, o acercarse a la única reserva protegida de la zona, Charco Verde. No es mucho, pero fue suficiente para que este alto en el camino mereciese la pena.

Cuando llegó el autobús, a las diez y media, dos horas más tarde de lo que “normalmente” pasa, nos dirigimos a Santo Domingo, el pueblo más turístico de la isla. Ese no era nuestro destino. Concretamente nos encontrabamos a unos 10 kilómetros del mismo, así que nos pusimos a andar bajo un sol de mil demonios. Tuvimos suerte. Cuando no habíamos recorrido ni 3 kilómetros una pareja londinense paró su auto y nos subimos como pudimos al maletero de su diminuto carro. De hecho tuvimos tanta suerte que nos acercó hasta la puerta de nuestro próximo alojamiento, Finca Magdalena.

Finca Magdalena está ubicada a 150 metros de las montañas vírgenes del Volcán Maderas, a unos 2 kilómetros hacia arriba de un pequeño pueblo llamado Balgüe. Esta finca, como muchas tierras de Nicaragua, perteneció a una familia extranjera, los Baltodano, que tras el triunfo de la Revolución Popular Sandinista (1979) se vio obligada a marcharse, siendo liberados así los explotados campesinos que para ellos trabajaban, ya que el gobierno pagó la deuda que éstos habían adquirido con el banco nacional tras la victoria de la revolución. No sin antes, como mandan los cánones de un buen explotador colonialista, llevarse todo lo que pudieron. Pero esto es lo de menos. Lo de más es que los campesinos se adueñaron de las tierras y ahora son 24 familias las que administran esta enorme finca.

Desde la adquisición de las tierras hasta hoy en día han ocurrido varios acontecimientos importantes: la reforma agraria, que benefició al campesino dando la posibilidad a éste de adquirir una porción de tierra y hacer con ella lo que desease (unos decidieron usarla de forma particular y otros se constituyeron en cooperativas); la llegada del Sr. Mitchell a estas tierras, un buen hombre que con el único interés de ayudar, aconsejó sobre las buenas prácticas para conseguir un mayor rendimiento en el cultivo y que se involucró para que a la cooperativa le fuese otorgado el certificado oficial de producción orgánica; el  cese de la administración de la cooperativa por manos ajenas y la legalización de la organización ante el Ministerio del Trabajo, lo que llevó a años difíciles de autogestión, pero en los que se luchó hombro con hombro para sacar adelante las plantaciones abandonadas y el pago de la deuda heredada, sobreviviendo gracias al gran lago y esas plantaciones; la llegada de turismo (1995), con lo que se empezó a vender algo de comida y bebida desde una tienda a la gente que subía hacia el volcán; y la llegada del ecoturismo, que junto con la producción de café se convierten en rubro principal de la cooperativa. Hoy en día esta cooperativa está comenzando un nuevo proyecto, la producción de cacao, algo que pudimos comprobar con nuestros propios ojos.

Nuestra estancia allí fue muy bonita. El lugar está ubicado en un enclave precioso. Las vistas son idílicas. Tras nosotros, el volcán maderas con su frondosa y verde vegetación, gracias a sus bosques húmedo y nuboso que lo coronan. Bajo nosotros, campos de cacao, café y bananos que caen prácticamente hasta el gran lago. Y de fondo el volcán Concepción, que con sus 1600 metros, aproximadamente, siempre tiene una tapita de finas nubes en su cima, y además en cada atardecer el sol decide ocultarse tras él.

Desde la finca fuimos a visitar la cascada de San Ramón. Decidimos caminar para ir pillando ritmo por si subíamos el volcán Maderas. Nadie nos comentó que se tardaban aproximadamente 5 horas en llegar, y claro está, otras tantas en volver. Un total de más o menos 40 kilómetros bajo ese brillante sol, de los cuales en solo 4 fuimos ayudados por carro, una vez gracias a unas monjas y otra a un lugareño. No explicaré el día siguiente porque se redujo por entero al descanso, pero sí puedo decir que fue una buena manera, aunque un tanto radical, de conocer una gran parte de la isla.

Dos días después nos decidimos a subir el volcán. Nos levantamos a las 4:30 de la madrugada. Desayunamos. Y esperamos los primeros rayos de luz. Como siempre alguien tuvo que avisarnos de la complicación del camino y de la mucha gente que se había perdido, esta vez el de seguridad. Seguro que tenía algún  pariente guía o el mismo al acabar el turno podría hacer las funciones por un módico precio. Nos habíamos informado bien y a esas alturas ya íbamos escarmentados sobre el precio de la seguridad en Centroamérica, así que no nos amedrentaron los comentarios y comenzamos el ascenso por nuestra cuenta.

A medida que uno sube la humedad se va intensificando. El suelo se embarra cada vez más , algo que hace un poquito más complicada la ascensión, sobre todo en la parte final, y en la bajada hacia el lago del cráter. Pero realmente nada del otro mundo en cuanto a complicación. Más bien es imposible perderse si no te sales del camino, el cual es muy rico en paisajes. En la parte baja atravesamos los cultivos de café y cruzamos los campos de bananos. Después comienza el bosque seco, luego llega el húmedo y finalmente el verde intenso del bosque nuboso. A las 8 de la mañana habíamos alcanzado la cima y un cuarto de hora después estábamos en el cráter. Era tan pronto que hacía frio. Algo que no sentíamos desde hacia semanas. Comimos una sandía y rápidamente remprendimos la marcha para no quedarnos fríos. Dos horas después estábamos en la finca de nuevo, y la verdad es que con muy buen sabor de boca. Es una ascensión muy recomendada, el paisaje es bien rico en flora, no extremadamente difícil y, si se tiene suerte como nosotros, se pueden tener unas preciosas vistas del lago del cráter. Una recomendación, empiece bien temprano, ya que la gente que subía, con la que nos cruzábamos en la bajada, iba bien agotada, más por el calor que por la subida en sí misma.

A nuestra llegada a la finca nos encontramos con una pareja alemana que también quería subir al volcán y nos preguntaron cómo había ido. En nuestra respuesta lógicamente les dijimos que era muy lindo y que podían ir sin guía tranquilamente, en lo que alguien de una mesa cercana al escenario de nuestra conversación intervino negando la facilidad de la subida y defendiendo que se debería hacer con guía. Tras dejar claras nuestras respectivas posturas sobre el tema y llegar a un entendimiento, ya que él no se refería concretamente a la vía que habíamos hecho nosotros, nos presentamos. Se llamaba Harry.

[Les recomiendo encarecidamente pinchar sobre su nombre ya que podrán conocer un poquito sobre la interesante historia de Nicaragua y su revolución, así como sobre una parte de la vida de Harry, o Harri (piedra en euskera -como le encantaba que le llamáramos-), y sus innumerables aventuras.]

En nuestro último día en la isla aprovechamos para ver los petroglifos (inscripciones en piedra realizadas por pueblos precolombinos) e ir a la cascada de Jerusalén. Ambas se encontraban en el mismo camino, pero lo que iba a ser una caminata tranquila, una vez más se convirtió en 3 horas de duración a través de un angosto camino que incluso a veces desaparecía. La cascada de Jerusalén surte de agua potable a varios pueblos de la zona. Es bien hermosa, sobretodo debido a su virginidad, dado que el acceso a ella no está preparado aún para el turismo. Como no preveíamos que el camino fuese tan largo llegamos allí pasadas las 4 de la tarde, por lo que debíamos movernos rápido si no queríamos que durante la vuelta se nos hiciese de noche. De este trance logramos salir victoriosos, al igual que de nuestro encuentro con una víbora de sangre de casi dos metros de longitud. De lo que no consiguió escapar Gisela fue del feroz ataque de una avispa enorme que se obsesionó con ella, mordiéndole por partida doble.

De regreso pasamos por un pueblo indígena, Las Cuchillas, donde los chavalos jugaban a futbol, unos entraban y salían de la iglesia, otros todavía continuaban realizando sus labores en el campo, y los menos, pero más notorios, hablaban entre tragos sobre la vida. Uno de estos últimos decidió acompañarnos hasta la carretera principal.

Centroamérica es muy religioso. De igual manera que lo era, por ejemplo, España hace 50 años, es decir, la gente es bastante practicante. Y en muchos de ellos esta característica no solo se refiere a ir a vestirse bien los domingos para ir a la iglesia a orar y comulgar, sino que además muchos, cual apóstol, necesitan predicar sus valores y ensalzar las virtudes de su religión. Éste era el perfil de nuestro nuevo compañero. Y uno respeta, escucha y muchas veces calla, más que nada, por no querer ser hiriente. Supongo que está vez no fue una de esas y ante la clara pregunta final, antes de nuestra despedida, sobre mis creencias le contesté algo extenso donde no había el nombre concreto de ningún ser creador. Ésto para él debió de ser un problema. Así que repitió su pregunta esta vez más conciso -¿Pero cómo se llama el dios en el que crees?-. Mi respuesta entonces tenía que ser más concreta, así que contesté que si tenía que creer en algo creía en la Teoría de la evolución y en el Big Bang. Su cara fue un poema. Segundos de intenso silencio envolvieron el ambiente hasta que de repente me pregunta mirándome fijamente a los ojos con cara de pena… ¿De verdad cree en Superman? Las carcajadas de Gisela aun resuenan entre los volcanes de la isla.

Fue en Ometepe donde comenzamos a enamorarnos de este maravilloso país, Nicaragua. El modo de vida en esta isla, haciéndome eco de sus palabras y dichos, es tranquilo como Camilo y la gente que en ella vive (el isleño) es legal como Pascual.

 

 

 

 

 

 

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